No sería ninguna boutade atribuir al Festival de San Sebastián la virtud de haber descubierto a Bong Joonho, uno de los cineastas surcoreanos más celebrados y laureados, perteneciente a la Generación 386 — con otros realizadores como ParkChan Wook, Hong Sang-soo y Kim Ki-duk—, impulsora de la Nueva Ola del Cine Coreano. El público del Zinemaldia conoce bien su obra, atravesada por la crítica a la cuestión de clase y las desigualdades.
Desde sus primeros cortometrajes, como White Man (1994), el realizador utiliza la vivienda y el espacio urbano como dispositivo para evidenciar las fragmentaciones espaciales del capitalismo. Ya en su debut en largometraje con Barking Dogs Never Bite (2000), con la que pugnó por la Concha de Oro, la trama transcurre en un bloque de apartamentos de alta densidad –el mismo en el que el propio director residió tras casarse–, en el que los niveles medios reflejan la clase media aspiracional en la que se ubican el protagonista y su esposa, mientras que el sótano del edificio – el sótano es un espacio al que Bong Joon-ho vuelve y vuelve– es el lugar reservado para los descastados y la violencia. Es allí donde los que no tienen nada preparan estofado de perro.
Tras ganar la Concha de Plata a la mejor dirección con su siguiente film, el thriller Memories of Murder (2003), Bong Joon-ho comenzó a combinar trabajos en Corea del Sur con rodajes de producción extranjera. En Snowpiercer (2013), el realizador horizontaliza la estratificación de clase. En dicho film, que adapta el cómic francés “Le Transperceneige”, un tren que no puede detenerse nunca gira alrededor de un mundo helado. Las clases más pobres viven en la cola del tren y se alimentan de barras de proteína preparadas con insectos, mientras que el nivel de vida aumenta cuanto más cerca se resida de la locomotora.
En Parásitos (Perlak, 2019), que se hizo con la Palma de Oro en Cannes y el Óscar a mejor película, el director sublimó muchos de los conceptos sociales que venía trabajando en su filmografía. Reflejan la realidad social de su país en los noventa: el colapso de la clase media tradicional surcoreana debido a la crisis financiera de 1997 y el futuro arrebatado de la juventud con estudios superiores que solo accede a empleos precarios en un mercado hiper-competitivo.
Así, Bong Joon-ho presenta a dos familias, los Park y los Kim. Los primeros, una familia adinerada, residen en un chalé en lo alto de una colina. Los segundos, un clan acostumbrado a la adaptabilidad y la supervivencia, en un sub-sótano de una barriada. Poco a poco, con ingeniosas triquiñuelas y secuencias que representan el abismo social entre unos y otros, mediante el casi infinito caminar ascendente y descendente de una topografía vertical entre un hogar y otro, los Kim comienzan a conquistar el nido de los Park, haciéndose imprescindibles como empleados del chalé. Pese a los trajes y las mentiras, el olor de lo que uno ha sido, de su origen, no puede esconderse –ni siquiera en lo profundo de un búnker–; como también es difícil ocultar la aporofobia.
En un giro de géneros, Bong Joon-ho subvierte la lógica tradicional de opresor malo y oprimido digno. Las viviendas y, especialmente, lo que ocultan, representan un verdadero mise en abyme, una matrioska que devuelve capa a capa lo peor del ser humano. Abonado al pesimismo de la alianza entre iguales contra el capital, la pregunta “¿Quiénes son los parásitos?” se vuelve más incómoda cuando son los iguales los que luchan entre ellos para poder habitar cerca, apenas a un palmo, de donde descansan el dinero y los poderosos.
HARRI X. FERNÁNDEZ