Antes de dirigir sus dos obras más conocidas, Los chicos están bien (2010) y la miniserie Olive Kitteridge (2014), y la curiosa La calle de las tentaciones (2002), un relato ambientado en la zona bohemia y artística de Laurel Canyon, en Los Ángeles, Lisa Cholodenko planteó, esbozó y desarrolló en su primer largometraje, High Art (1998), algunos de los temas presentes en estas obras. No fue uno de esos debuts prometedores que solo provoca interés entre algunos sectores y abre las puertas de estudios más potentes a su directora. Por un lado, el film pasó muy bien por el festival de Sundance, donde ganó el premio al mejor guion –Sundance Institute es una de las entidades responsables de esta restauración–, y el de Deauville, donde obtuvo el Gran Premio del Jurado. Por el otro, más allá de la realización de un episodio de la serie Homicidio y otro de A dos metros bajo tierra, Cholodenko tardó cuatro años en levantar su siguiente proyecto. En todo caso, el prestigio conseguido con High Art le facilitó las cosas a nivel de producción, ya que el film sobre Laurel Canyon contó en su reparto con Frances McDormand, Kate Beckinsale, Christian Bale y Alessandro Nivola, mientras que su ópera prima fue interpretada por una actriz instalada hasta entonces en un determinado tipo de comedia generacional, Ally Sheedy (El club de los cinco, St. Elmo, punto de encuentro), y la casi debutante Radha Mitchell, actriz australiana que seis años después sería la doble protagonista de Melinda, Melinda, de Woody Allen.
A través de escisiones que afectan a todos los ámbitos de la existencia cotidiana (sexo, dependencia, trabajo, adicciones), Cholodenko relata la relación entre una fotógrafa retirada y lesbiana, Lucy (Sheedy), y una joven heterosexual que trabaja en una revista de fotografía, Syd (Mitchell). Lo que las une inicialmente es un proyecto común a través del cual ambas intentan superar unas determinadas situaciones. La fascinación y deseo mutuo que surge con el tiempo recuerda un poco a la posterior Carol de Todd Haynes, otro film en el que la fascinación y el cariño desbordan la sexualidad adquirida o deseada. Estamos en 1998, y la historia de atracción que narra High Art, con sus matices, rugosidades y complejidades, no podía contarse –no existía el marco preciso– de la misma forma en la que podría contarse casi tres décadas después.
Syd quiere triunfar en el mundo de la fotografía, de sus certezas artísticas y de sus vanidades. Lucy, que gozó del prestigio artístico que ahora ansía Syd, lo perdió todo, o casi todo, a causa de las drogas y de una relación tormentosa con su amante, Greta, mujer mayor que ella, ex actriz y adicta a la heroína. La encarna Patricia Clarkson. Mitchell, aún joven e inexperta, aparece moldeable en manos de su directora. Sheedy, por el contrario, realiza un verdadero esfuerzo para que olvidemos sus trabajos previos en la comedia más domesticada. Una ruptura total.
La película supondría el punto de partida para futuros estudios de relaciones de pareja más abiertas o cerradas, y los conflictos de orden familiar que acaban derivándose de ellos, que ha ido realizando Cholodenko con mucha pausa. La pareja que forman Lucy y Greta carece de futuro. La que conforman Lucy y Syd tiene más presente, aunque tampoco se otea un porvenir. Ese, en todo caso, llegaría en Los chicos están bien –título tomado de la famosa canción de 1965 de The Who, “The Kids Are Allright”– con la madura pareja lesbiana (Julianne Moore y Annette Bening) y la relación poco a poco fracturada con sus hijos adolescentes, fruto de inseminación artificial, que quieren conocer a su padre biológico (Mark Ruffalo).
QUIM CASAS