Parade (1974), último largometraje realizado por Jacques Tati, comienza con los preparativos de una función circense y termina al acabar la función. A Tati le gustaba concentrar sus películas en esos tiempos efímeros que, como la vida misma, tienen un hola y un adiós: Día de fiesta (una feria llega a un pequeño pueblo para celebrar sus fiestas y, terminadas, se va), Las vacaciones de Monsieur Hulot (se abre la temporada veraniega al principio, se cierra al final), Playtime (unas turistas llegan a la gran ciudad y se van al terminar la película), incluso su despedida del cine, el cortometraje Forza Bastia (las horas antes, el durante y el inmediato después de un partido de fútbol). Siempre queda un poso de melancolía, de tristeza dulce, en la clausura: es la poesía (inigualada) de Tati.
Auspiciada por la televisión sueca, Parade, que en España se estrenó con el rimbombante título de Zafarrancho en el circo, se filmó parte en vídeo, parte en 16 mm y parte en 35 mm. La película arranca con la llegada del público al Stockholm Cirkus, a la vez que vemos a un grupo de trabajadores se diría que dando los últimos recortes a los decorados, impresión errónea, pues durante toda la función seguirán pintando y decorando e interactuando con los artistas. Los artistas: payasos, ilusionistas, malabaristas, una gran variedad de músicos y de orquestas formadas por cómicos y/o acróbatas, así como un par de mulas indomables y propensas a la coz, protagonistas de una de las escenas más divertidas (impagable ese espectador, con pinta de profesor de aritmética, que sale espontáneamente a la pista, y que probablemente no sea un espectador corriente). Hay también un intermedio, que Tati aprovecha para observar la conducta de los espectadores en los pasillos o el bar, obsequiándonos media docena de gags que llevan su sello personal: es el momento en que Parade está más cerca de Playtime o Tráfico. En la escena final, con el circo ya vacío (el poso de melancolía, de tristeza dulce), dos niños juegan en los decorados y el escenario.
Tati ejerce de maestro de ceremonias y, entre número y número, interpreta varias de las pantomimas deportivas que, en su juventud, allá por los años treinta, realizaba en salas de fiestas: un portero de fútbol, un boxeador, un pescador, un tenista y un jinete. El cómico ilustra estas parodias con el mismo traje y sin recurrir a ningún objeto, solo con su gestualidad y la asombrosa flexibilidad de su cuerpo, logrando que el espectador vea, sin verlos, la portería y el balón, el ring, la caña de pescar y el pez capturado, la raqueta (Tati enriquece esta pantomima con la brillante simulación de una imagen al ralentí) y el caballo. Además, imita a agentes de tráfico ingleses, franceses y mexicanos y ofrece un variado surtido de bailes al son de una misma melodía, el mejor de los cuales viene a ser una carta de amor al cine cómico silente. Ahí está el genio en su máxima expresión.
Información suplementaria para el tatiano curioso: la última aparición pública de Jacques Tati, seis meses antes de su inesperado fallecimiento por neumonía, tuvo lugar en la ciudad catalana de Sabadell en mayo de 1982. El cineclub local había organizado una retrospectiva Tati y el autor acudió a la sesión de homenaje. La sala estaba llena a rebosar. Llegó tarde, subió al escenario, pidió disculpas por el retraso, que dijo que era consecuencia del…. “¡tráfico!”, e hizo algún gag mímico (confundiendo, por ejemplo, el micrófono por el que debía hablar con la botella de agua mineral que estaba al lado). Luego se sentó en su butaca (detrás de mí, cómo olvidarlo) y se tragó entera la película. La película era, sí, Parade.
JORDI BATLLE CAMINAL