Diecinueve años después de ganar la Palma de Oro por 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007), el rumano Cristian Mungiu, ya convertido en uno de los grandes cineastas europeos y en uno de los más perspicaces escrutadores de dilemas humanos y profundos problemas morales, volvió a recibir el premio máximo del Festival de Cannes por Fjord (2026). Avalaba así su modélica evolución desde el drama particular del sufrimiento angustioso por un aborto ilegalizado al complejo retrato social de un colectivo en el que se cruzan diferentes creencias y actitudes religiosas, familiares y éticas. De un caso seguido con la realidad espartana cercana a la de un documental con un posicionamiento claro, a la diversidad de planteamientos y sentimientos que provoca Fjord, basada en hechos reales.
Por el camino, Cristian Mungiu no ha dejado de crecer e involucrar al espectador en planteamientos a veces incómodos, siempre necesarios, sobre el devenir del ser humano, en lo personal y en lo social. Casi siempre con recompensa en Cannes. La reclusión de una joven en un convento como otra forma del poder y la doctrina que puede llevar a la violencia en Más allá de las colinas (2012), por la que Mungiu recibió el premio al mejor guion. El peligro de corromperse de unos padres por sacar adelante a su familia en una sociedad competitiva de Los exámenes (2016), ganadora del premio al mejor director. Los modos de percibir al otro en un entorno donde late el racismo y la xenofobia de R. M. N. (2022), premiada en muchos otros festivales, aunque se fuera de vacío en Cannes.
Algunos de esos temas y preocupaciones reaparecen de otra forma en Fjord, tanto la juventud mediatizada por las decisiones de sus familias como el recelo ante el diferente en una comunidad establecida en sus propios valores, caldo de cultivo para una progresiva violencia soterrada. Como es habitual en Cristian Mungiu el paisaje del entorno natural se convierte en una inquietante combinación de belleza y amenaza, con la potencia dramática de una posible avalancha de nieve. Un fiordo noruego donde se asienta una familia formada por un padre rumano y una madre noruega, interpretados con poderosa contención por Sebastian Stan y Renate Reinsve. Las estrictas convicciones cristianas de esos padres chocan con las normas de la nueva sociedad de acogida, en principio más progresista, donde tratan de desarrollar su nueva vida, sin renunciar a sus creencias y costumbres.
El conflicto nace en la aparente inocencia de dos chicas adolescentes y se extiende por toda la comunidad por los canales del rumor, la maledicencia, el recelo y el rechazo. Mungiu, de nuevo como director y guionista, hace crecer el drama hasta la petición de la pérdida de la custodia de los hijos para esos padres por parte de los servicios sociales. El juicio moral se plantea en diversas direcciones. ¿Tienen derecho esos padres a educar a sus hijos como crean conveniente? ¿Deben adaptarse culturalmente los migrantes? ¿Hasta qué punto debe respetar una sociedad las creencias de quienes llegan de fuera, con el peligro latente de provocar el enfrentamiento y la violencia? Mungiu va más allá del planteamiento de dos posiciones enfrentadas y a medida que se desarrollan los acontecimientos, construidos cinematográficamente con el rigor, la pausa reflexiva y la inquietud de un thriller dramático que le caracterizan, se van destilando dilemas cada vez más incómodos, también apasionantes, para el espectador.
Prueba de que Mungiu nunca va a lo fácil ni esquemático fue la diversidad de conclusiones y las discusiones sobre el posicionamiento moral del director y de la película que suscitó en el Festival de Cannes. Fjord deja la posibilidad de comprender o rechazar a cada uno de los personajes, impugnar las decisiones particulares o colectivas, incluso de situarse al mismo tiempo en diferentes lugares del complejo dilema hasta sus últimas imágenes.
RICARDO ALDARONDO