Ganadora de la Palma de Oro en el último Festival de Cannes, el prestigioso director rumano Cristian Mungiu nos presenta con Fjord una historia de supuesto maltrato infantil que se erige en una compleja disección de los prejuicios y la imposición de los propios valores con que nos conducimos en las sociedades occidentales más aparentemente desarrolladas y liberales.
¿Ha habido algún detonante en la sociedad europea actual que le motivó a escribir esta historia?
Empecé a documentar esta historia hace diez años y en este tiempo me di cuenta de que había una conexión entre mi historia y el choque de valores que se produce en las sociedades liberales. Creo que una de las razones por la que estamos viendo que la derecha se ha vuelto tan popular está relacionada con la forma en que los partidos progresistas intentaron implantar sus valores, que quizás no ha sido la más inteligente, porque tengo la sensación de que a veces ha provocado el efecto contrario. Lo ideal es convencer mediante la educación, pero cuando no se tiene paciencia y se busca imponer, no se llega a ninguna parte. Con la imposición lo único que consigues es radicalizar a las personas. Por eso decidí que valía la pena contar esta historia, a pesar de todos los riesgos de dar espacio a argumentos de personas a las que no nos gusta escuchar.
¿Cuál es el riesgo que tuvo que asumir y cómo ha recibido las distintas críticas?
Siempre fui consciente del riesgo, pero merece la pena correrlo. Los cineastas debemos asumir el riesgo de hacer películas incómodas, no limitarnos a animar a la gente de nuestra burbuja a creer que tiene los valores correctos, porque eso no fomenta en absoluto la conversación social. La única manera de hacer que la gente vea que existe otro punto de vista que no es el suyo, y que esas personas existen, es contar la historia desde una perspectiva neutral en la que se citen estos dos conjuntos de valores y no se los juzgue. Es muy sencillo hacer películas que fomenten los valores progresistas, pero hemos estado haciendo esto durante décadas y, ¿está creando algún diálogo? No. Se sigue animando a la gente a creer que pueden vivir en su propia burbuja y eso no es lo que se debe hacer como cineastas que tienen la fuerza de crear un debate en la sociedad. La gente tiene opiniones demasiado firmes antes de saber de qué está hablando. Tienen que salir de esa mentalidad. Yo no estoy defendiendo ni por asomo los valores conservadores en el film, pero parece que incluso el hecho de que los cite sin culparlos ya se considera motivo suficiente para la cancelación.
¿Cómo cree que Europa mira al otro hoy en día?
Europa ya es un concepto muy impreciso. Es bueno tener valores comunes a pesar de las diferencias del pasado y tratar de avanzar, pero eso no significa que vayamos a ser nunca una sola sociedad. Se trata más bien de la necesidad de compartir un cuerpo común de valores basados en la tolerancia y la inclusión, que todos debemos apoyar. Pero al mismo tiempo, hay que reconocer que existen muchas diferencias y si no se abordan las diferencias y las frustraciones que expresan algunos grupos, lo único que se hace es animar a todos estos grupos populistas a explotarlo en su beneficio. Todos tenemos que luchar contra esto estando más abiertos a escuchar a los demás.
¿Cómo trata el paisaje en su cine? Durante todo el film no podía evitar sentirme impresionado por esas montañas nevadas que se levantan como muros alrededor de esa comunidad, algo que también sucedía en R.M.N.
El paisaje es muy idílico, pero al mismo tiempo hay una especie de conexión visual entre los aludes de la película y lo frágil de ese equilibrio. A menos que se haga este esfuerzo de sacar las cosas a la superficie, hablar de ellas y liberar el conflicto, siempre se corre el peligro de que este frágil equilibrio sea agredido por el entorno, por la sociedad.
Usted ha dicho varias veces que hace cine porque quiere emocionar al espectador...
El cine es un juego de dos. Mi parte como cineasta consiste en considerar al espectador como alguien con espíritu crítico y dispuesto a utilizar su propio juicio para comprender lo que ocurre en la historia que le estoy contando. Pero necesito una mente abierta al otro lado.
GONZALO GARCÍA CHASCO