Todas sus historias parten de un lugar, de estar físicamente en él, de mirarlo, de escucharlo y sentirlo. Los bosques del norte de Cataluña llevaron al director Mikel Gurrea a su primer largometraje, Suro (Sección Oficial, 2022). En esta ocasión ha encontrado la ficción en su propio barrio de Barcelona, el que da nombre a la película, en Sants, donde una red organizada de robo de arte sacro se convierte en una particular vía para hablarnos de los cuidados, los cuidados colectivos.
Lali (Victoria Luengo), que tiene que hacer frente a la inminente muerte de su madre, – interpretada por Ariadna Gil – entra a formar parte de una banda de ladrones de figuras religiosas liderada por Rosario (Eulalia Ramón). Estas dos capas de una misma trama convergen durante toda la película, ya que, la red permite a la protagonista alejarse de la situación que tiene en casa, y a su vez, que su madre tenga los cuidados que necesita.
La imagen de una mujer dentro de una iglesia en un momento de éxtasis religioso de salvación – secuencia de la película de Manuel Mur Oti Cielo Negro (1951) – seguida por una secuencia de un robo en una iglesia. Ese es precisamente el juego que plantea Gurrea en la película, dejando ver que la idolatría y la iconoclastia pueden ser la cara de una misma moneda. “En nuestra película jugamos todo el rato con esa cuerda de la cara B de ese aspecto. Me pareció interesante incluirla y que la respuesta, la siguiente secuencia, fuese una secuencia en la que en vez de esa secuencia de abnegación tuviéramos la ironía un robo”, explicó el director.
La película juega con el género cinematográfico de los robos, pero lo hace desde el silencio, la oscuridad y la precisión; lo hace desde el personaje. Tanto que la precisión y el respeto que se da en los robos se convierte casi en ritual, dado que son objetos cargados de significados y creencias. “Lo que me interesaba era la devoción que sentían por lo que robaban”.
Mientras el peso de la acción recae sobre los robos, el drama familiar late durante toda la película. La protagonista, acostumbrada a huir de todo e incapaz de sostener por sí sola los cuidados que necesita la madre, encuentra refugio en esta red que tiene una líder que ayuda a gente que necesita ser ayudada. “La película es un viaje sobre los cuidados y sobre aprender a quedarse, porque amar también es quedarse”, explicó Luengo. El miedo a la pérdida de su madre y el mismo miedo al acompañamiento dirigen los pasos de la protagonista. Además, el film abre miras en unos momentos en los cuales el individualismo tiene tanta fuerza y da una mirada colectiva de los cuidados.
Durante toda la película se ahonda una espiritualidad lograda, que abre una apertura al misterio, gracias, en parte, por el destacable trabajo de sonido. “Se partió de sonidos del directo que se grabaron concienzudamente y en postproducción se trabajó para que siempre hubiera una capa que no se ve, esta película que esta en esa cuerda de lo misterioso”.
La película, que es una coproducción con Italia, se mueve entre lo sagrado y lo profano, y es ahí donde se crean los paralelismos entre los dos ejes principales de la historia, creando una historia que abre paso al asombro.
NAIA ARANTZAMENDI