Tras el éxito comercial de Dos hombres en la ciudad (1973), el productor Raymond Danon, que había firmado con Alain Delon un contrato por cinco películas, busca un nuevo argumento para la estrella, que por entonces gobierna la taquilla francesa y buena parte de la europea. Giovanni propone aligerar carga dramática, se distancia del relato procesal y para ello extrae un personaje marginal de su novela “Historia de un loco” (1959), un gitano inspirado en la persona de Marcel Ruard, que en los años cuarenta habría operado en la banda llamada de los “traction avant”, bautizada así en las páginas de sucesos en referencia al revolucionario Citroën del mismo nombre, cuya ligereza y estabilidad dinamizó atracos y fugas en los agitados tiempos de posguerra.
Aquí será el Renault 12, equivalente al Seat 124 de nuestro cine quinqui, el vehículo que en plenos años setenta sirve al gitano Hugo Senart en sus últimas funciones. Un Delon extremado en su caracterización, más gitano que los gitanos a decir de Giovanni, en lo que hoy entendemos como un blackface de libro que trasluce cierta parodia en el mostacho, la faca albaceteña, el tacón cubano, el fular y esas gafas destello y chulería, símbolo de misterio viril, que con sus cristales de espejo devuelven al mundo ordinario su interés por el renegado.
La trama es una variación rutinaria, la confluencia y el destino de dos individuos buscados por la policía: el paria del título al que interpreta Delon, lobo solitario y extranjero en todas partes, noble y determinado a robar para los suyos, considerados por el sistema plaga a exterminar, y un ladrón de guante blanco encarnado por el siempre desconcertante Paul Meurisse en su último papel recordado.
La minoría racial, tratada con modos documentales, casi turísticos, cuando la película se asoma a campamentos gitanos, permite a Giovanni instalarse en sus preocupaciones habituales y ejercer esa mirada ambigua o al menos indulgente en lo que concierne al hampa, ecosistema que va componiendo con estereotipos de primera mano en su habitual desfile de característicos, colaboracionistas nazis y miembros de la resistencia reciclados en delincuentes a los que conoció en su día y que ya rondaban en “Contra todo riesgo”, la novela que Claude Sautet le había adaptado en 1960.
Alias el gitano (1975) es cine diurno, franco en la luz y raudo en los exteriores, realzados en las escenas automovilísticas a cargo del especialista Rémy Julienne. Delon, que también firma como productor, se regala alardes de autoflagelo y extracción de bala e incurre en cierta épica de serie B más o menos eficaz. Favoreciendo la parte italiana, comparecen los rostros conocidos de Marcel Bozzuffi y Renato Salvatore, que fuera hermano de Rocco en la película de Visconti; y entre los fantasmas, Simone Signoret, que se bajó del proyecto al enterarse de que Annie Girardot iba a estar en la película, y el músico François De Roubaux (Último domicilio conocido), que falleció buceando en Tenerife cuando arrancaba la producción, siendo reemplazado en la banda sonora por un Claude Bolling que parafrasea a Django Reinhardt.
Giovanni, que había aprendido a hacer cine, más que viendo películas, mirando hacerlas, sumaría con este su tercer éxito de taquilla consecutivo y un título hoy valioso como crónica de la época, de una manera de hacer en tiempos de coproducción, de modales aprendidos, tropos clásicos y hombres que morían felices porque lo hacían mirando a mujeres bellas y jóvenes.
RUBÉN LARDÍN