“En general, los proyectos nacen de quienes los terminan haciendo y es como una especie de cruzada personal, martiriológica y eterna, y esa es más o menos nuestra vida”. Por eso es raro que, a Benjamín Naishat, fuera la productora Maya Batista quien le propusiera adaptar “Glaxo”, de ese “personaje genial” que es Hernán Ronsino. El resultado es un entretenido y atmosférico relato sobre una imperdonable traición en el contexto de la violencia de una imperdonable dictadura: la Revolución Libertadora (1955-58). Así, si en Pedro en el País (estrenada mundialmente en Zabaltegi-Tabakalera) Naishat y María Alché recopilaban el singular testimonio del peronista Pedro Catella, en un nuevo ejercicio de memoria histórica, Naishat inserta en Glaxo (Sección Oficial), una crítica oblicua a la dictadura, incluyendo la representación de las ejecuciones de José León Suárez.
Aceptó el encargo a pesar de que veía difícil respetar el “verdadero rompecabezas” con “estilo concreto y austero” que tiene la novela. Pues uno lee en distintos días y ese tiempo diferido, esa dilación, encaja mejor con la temporalidad polifónica del libro que el visionado continuo de un film. Naishat resolvió el obstáculo filmando cada época con una relación de aspecto y una gramática audiovisual cercanas a las del cine del tiempo correspondiente: el prólogo de “cine urgente callejero” o “clandestino” en 4:3 para 1956, el melodrama en 1:85:1 para 1957 o el scope para el cine negro en 1984. Con estos saltos, aumentaba el suspense de no saber exactamente cómo se iba a producir la traición sobre la que pivota el film y se eliminaron muchas digresiones (ya rodadas) que llevaban el largometraje a tiempos y perspectivas diferentes.
Todo ello lo explicaba Naishat en las Conversaciones de ayer. Entre el público de Tabakalera, varios de los jóvenes actores explicaron su extensa preparación: ir a clases de baile de los 50, realizar muchos ensayos compartidos con sus versiones adultas y visionar numerosos melodramas. Referencias cinéfilas, como la filmografía de George Stevens o Armando Bó, que también intercambió Naishat con su director de fotografía, el experto en los zooms Pedro Sotero.
Además, tuvo la oportunidad de compartir su visión de lo memorable en el cine: “Los invito a pensar en esa película que los marca, que les gusta ver y volver a ver. Les apuesto a que el momento que más tienen presente, más pregnante en la conciencia, no es un ladrillo de la trama, ni el clímax, con mucho texto, ni la cohesión estética o formal, ni la dramaturgia, sino un pequeño instante de desborde, de masía, un elemento totalmente imprevisto, inasible, difícil de poner en palabras, que por eso es cine. Es un color, una locación, unos anteojos en un personaje…”
Alejo Duclós, el maestro de ceremonias de Nest, se preocupó también en abordar cronológicamente algunas de las obras previas del cineasta, desde la “inconsciencia sobre la narración audiovisual” de sus primeros cortos como Estamos bien (2008) o El juego (2010) al abordaje en Historia del miedo (2015), con recursos del cine de género, de la estrategia de la derecha política de generar terror social para adoptar medidas reaccionarias. De la libertad de El movimiento (2016), a la experiencia de la codirección en Puan (2023), que aprovechó para reivindicar el fin de la egomanía e idolatría de la concepción autoritaria de la autoría personalista, pues el cine, dijo, es colectivo. “Me parece natural querer asociarse; me parece escandaloso que no haya más codirecciones, que no se inventen nuevas estructuras políticas cinematográficas”.
MANUEL HEVIA