Anişoara, nombre de la protagonista de la película, es también el nombre real de la actriz que lo interpreta. Es la forma que ha tenido la directora del filme, Ana-Felicia Scutelnicu, de homenajear a la que hasta ahora ha sido su “musa cinematográfica”. Y es que la realizadora ya trabajó con ella en su anterior trabajo, el mediometraje Panihida. Curiosamente, Anişoara no es actriz profesional ni parece que quiera serlo. “En ningún momento mostró ambición por ser actriz y eso la hace mucho más natural y fantástica”, apunta Scutelnicu.
Tanto Panihida como Anişoara están rodados en el mismo pueblo de Moldavia y protagonizados por las mismas personas. A pesar de ello, Scutelnicu aclara que se trata de dos películas distintas: “El escenario y sus personajes son el mismo, la historia que cuentan, totalmente diferente”. Si en su anterior proyecto la directora quiso mostrar cómo se enfrentan los hombres a la muerte, en esta ocasión narra el paso de la niñez a la madurez de una joven de quince años que vive en un pequeño pueblo de Moldavia.
SU PROPIA REALIDAD
Gracias a la belleza con la que Scutelnicu filma sus colores y texturas, el pueblo y su entorno es uno de los apartados más destacados de la historia. Éste parece que está anclado en el tiempo y que vive ajeno al mundo. Sin embargo, eso no es así en la vida real. La realizadora apartó los coches de los encuadres e hizo que sus personajes vistieran con ropas no tan actuales. “Me gusta transformar la realidad a mi visión. Además, como directora, para mí es importante tener el control de todo el espacio cinematográfico”.
Pese a que en Moldavia la industria cinematográfica es prácticamente inexistente, Scutelnicu siempre tuvo el deseo de rodar películas porque su padre también fue director de cine en los tiempos de la URSS. Para conseguirlo ha tenido que estudiar en la Academia de Cine y Televisión de Berlín y este filme, de hecho, es su trabajo de graduación. “Estamos muy contentos con su aceptación en festivales, no sabíamos cómo reaccionaría la gente ante una película tan minimalista, casi experimental”, concluye.
IKER BERGARA